mercoledì 21 ottobre 2009

El poder integrador de la ética en la función pública y su contribución al desarrollo. (*)

(*)Ponencia presentada por el Prof. Victor R. Martin Fiorino en el VII CONGRESO INTERNACIONAL DEL CENTRO LATINOAMERICANO DE ADMINISTRACION PARA EL DESARROLLO (CLAD) en Lisboa, Portugal, 8 - 11 de Octubre de 2002.
PANEL N°90: “ÉTICA POLÍTICA DE LA RESPONSABILIDAD Y PERTINENCIA DE LOS CÓDIGOS ÉTICOS COMO PLATAFORMA ANTICORRUPCIÓN DE LA GESTIÓN PÚBLICA“



INTRODUCCIÓN
En la discusión sobre el papel de la Ética en la función pública se ha utilizado con
frecuencia la metáfora de la vida. Vida ha sido entendida en sentido amplio como unidad, equilibrio y comunicación y, a partir de estas características, se ha propuesto considerar el concepto de vida en las organizaciones tanto privadas como públicas. Dentro del concepto de vida de las organizaciones se ha podido resaltar la importancia de las estrategias a largo plazo que, a través de fines y medios acordes, apuntan a la construcción de un proyecto común. En particular, en las organizaciones públicas, tal proyecto común involucra tanto a los actores incluidos en las organizaciones, como a los que resultan de una u otra manera afectados por las decisiones que se adopten.
La vida pública implica la realización de los fines establecidos a través de ediaciones en las cuales cobra importancia el plano de las decisiones que, a partir de convicciones, producen efectos de los cuales es necesario hacerse responsable. De este modo, las decisiones que se adoptan en las organizaciones públicas implican el triple nivel de las convicciones, las acciones y la responsabilidad. Visto desde esta perspectiva, el plano ético resulta la plataforma a partir de la cual, las decisiones en el ámbito público realizan en la práctica la inteligencia de la vida de la organización.

MARCO ÉTICO PARA LA TOMA DE DECISIONES
La ética es un saber de integración que, más allá de la referencia al plano de las
intenciones, como contenido de la conciencia, o de los deberes, en cuanto normas de
cumplimiento obligatorio en cuya elaboración no se ha participado, apunta principalmente a la obtención de logros fundados en acuerdos que generan responsabilidades.
Como saber de integración, la ética reúne igualmente, en lo que se refiere a logros,
acuerdos y responsabilidades, a decisores, actores y asociados en las organizaciones
públicas. Gerentes públicos (decisores), funcionarios de todos los niveles (actores) y todo el personal asociado a la organización, como público, proveedores, empresas y sociedad en general (asociados), integran una misma red de inclusión progresiva de finalidades (los fines de la organización en cumplimiento progresivo) y, paralelamente, otra red de inclusión progresiva de responsabilidades.
El saber ético, igualmente, permite actuar a todos los miembros de las organizaciones
públicas en un nivel de coherencia entre lo que es actualmente la organización (lo real, el ser de la organización) como resultado del pasado, con sus fortalezas y debilidades; lo que puede ser la organización (lo que decidimos, el poder ser de la organización) a partir de la actuación de sus fortalezas que generan posibilidades; y lo que aspiramos que sea la organización (lo que deseamos, el deber ser de la organización). De este modo, la ética permite la integración de las dimensiones de facticidad (pasado), actualidad (presente) y posibilidad (futuro).
La ética en la organizaciones públicas permite además integrar el aspecto simbólico
presente en la organización (cultura), el aspecto conceptual (la racionalidad de la
organización, su proyecto racional), y el aspecto práxico (Las actuaciones, en contextos humanos y organizacionales concretos de los miembros de la organización.
En tal sentido, dicho poder de integración del saber ético, permite ampliar la
concepción tradicional, según la cual, la ética pública era con frecuencia reducida a la discusión de los códigos de ética de los funcionarios. Éstos son solamente un elemento que debe ser visto del modo integrado con el nivel de una ética de gobierno, centrada en la producción y mantenimiento de la responsabilidad ciudadana, y una ética de la gestión pública, centrada principalmente en las decisiones transparentes, sus condicionamientos, indicadores, resultados, etc.
Las organizaciones públicas resultan así confrontadas en su capacidad de construir y
atenerse a normas que permitan el ejercicio de las aptitudes, de la eficiencia y de la eficacia para la producción de decisiones y resultados; en su disposición a profundizar permanentemente criterios de participación, transparencia y rendición de cuentas; y en su convicción para realizar acciones orientadas a la construcción de eticidad en la organización, centrada en valores tales como la lealtad, la responsabilidad o la equidad. Más allá de una ética perdida (que se quiere recordar) o del señalamiento de una crisis de valores (que se quieren readoptar) se trata de poner énfasis en la construcción de eticidad en y desde la misma organización.

LOS DESAFIOS ÉTICOS Y LAS ORGANIZACIONES PÚBLICAS
La preocupación por el tema de los desafíos actuales de la ética, ha sido creciente en los últimos años, tanto en los campos de las fronteras de la vida – donde los problemas planteados por la clonación o la manipulación genética no son sino algunos ejemplos – como en el terreno de la política, con agudos interrogantes sobre, entre otros, los problemas de la utilidad o inutilidad de la democracia en la era de la “Globalización” económica o los nuevos intentos de conceptualizar la sociedad civil o la ciudadanía. En un momento de profundas modificaciones de los referentes simbólicos y conceptuales acerca de las características,posibilidades y responsabilidades de la acción humana, es cada vez más frecuente oír hablar
de nuevos paradigmas y nuevos escenarios, por ejemplo, en el campo de las organizaciones públicas, o nuevos escenarios económicos - políticos y sus dificultades en los niveles macro y macroeconómicos y sus repercusiones en la función pública.
Preguntarse: ¿Qué política para la era actual? ¿qué economía para la sociedad
contemporánea? ¿qué organizaciones públicas para el ciudadano y la promoción de la vida?, es adentrarse en aspectos significativos del debate actual sobre la búsqueda de una nueva racionalidad ética para la humanidad. Sin duda, se trata de preguntas que poseen un interés que va mucho más allá del ámbito teórico y que evidencian una urgencia y una importancia derivadas de la percepción del límite, de la experiencia – cada vez más generalizada, al menos entre quienes tienen acceso a niveles aceptables de información – del sentido de una limitación: que obliga a repensar la función pública desde sus posibilidades reales y desde nuevos objetivos orientados a una gestión humana de las organizaciones públicas.

EL ESTATUTO DE UNA ETICA PARA EL DESARROLLO.
Los desafíos que plantean a la ética los problemas actuales del desarrollo han dado
lugar a la realización de no pocas reuniones especializadas o secciones en congresos y foros internacionales de ética en los últimos años. Esta preocupación ha tenido especial interés en algunos países latinoamericanos, donde tales reuniones (como la de Caracas, Febrero 2001 y Buenos Aires, Septiembre 2002 ) han reunido a valiosos expertos de varios continentes en la profundización de aspectos teóricos y prácticos (B. Kliksberg, 2001-2002) de la ética de las organizaciones públicas y privadas, de las responsabilidades éticas de los actores sociales (medios de comunicación, empresarios, economistas, universidades, iglesia) y de experiencias, consideradas de avanzada en la región, en materia educativa, de gestión social y de desarrollo social, entre otras.
En varios de estos encuentros internacionales ha sido discutida, como herramienta
hermenéutica, una “Etica para el Desarrollo” (EpD), expresión que ha sido definida como la parte de la reflexión ética que busca orientar los procesos de desarrollo de los pueblos (E. Martínez Navarro, 2000). En esta definición se encuentra implícito que la meta del desarrollo es “el desideratum ético que se propone como fin específico que ha de orientar los esfuerzos de las personas y las instituciones, así como las relaciones de los pueblos entre sí”. (Martínez Navarro, 2000, 23).
Se trata, en la Etica para el desarrollo, de un ámbito de la Etica Aplicada, si se admite que la Etica es el discurso general acerca de lo bueno, lo justo, lo deseable, lo correcto, y que la Etica Aplicada es el discurso específico que trata de establecer los principios, valores y orientaciones que conviven a un ámbito de acción determinado (cómo la ética de la función pública, la ética educativa, la ética empresarial, la ética periodística o la ética para el desarrollo). (Martínez Navarro, 2000). Como lo han mostrado los trabajos de Cortina y Martínez, en las éticas aplicadas convergen principios éticos generales, que trazan el marco
de convivencia y cooperación sobre el que se apoya la sociedad en su conjunto, y principios éticos específicos, que los protagonistas y afectados de cada ámbito proponen en su práctica histórica (Cortina y Martínez, 1996, Martínez Navarro, 2000).
El campo difícil y complejo de las tareas del desarrollo de los pueblos y los agentes
involucrados en dichas tareas, necesitan del aporte de la Etica para el desarrollo, que intenta dar respuesta a problemas y desafíos en ese campo. Los agentes del desarrollo, ciudadanos, grupos, organizaciones e instituciones comprometidos con tareas de desarrollo, por muchos años han seguido sus propias convicciones particulares, prácticamente sin entrar en diálogo y sin contar con apoyo reflexivo. Hoy, en cambio, la reflexión ética en relación con el desarrollo ha iniciado una tarea de aclaración de conceptos, delimitación de criterios, descubrir supuestas y contribuir al análisis y al discernimiento.

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